Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relato. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de julio de 2014

EL SECRETARIO (NI IDEA DE CUÁNTAS VAN): LA HORA DE LA VERDAD

Yo soy buena actriz. 
Cuando me doy un golpe en una rodilla, respiro hondo y solo grito, maldigo y lloro a solas, como las chicas duras de verdad. 
Cuando me depilo, tatúo, tiño el pelo... no me quejo, soy una dama. Para estar bellas, hay que sufrir.
Pero si hay algo para lo que no tengo disimulo ninguno, y es que por algo soy vasca, pero vasca vasca, vasca del norte, es para los cabreos. Para eso tengo lo que yo llamo 2 velocidades:
1) El tapón de champán: reviento de golpe, y de golpe suelto toda la espuma. Pero quedan las burbujas, durante tiempo y tiempo. 
2) De ebullición lenta: al principio sonrío. Me doy la vuelta y sigo sonriendo. Nunca sabes cuándo llegará el golpe, pero llegará, tú tranquilo. Soy una persona paciente. Para mí no hay golpe sin respuesta, ni traición sin repercusión. Es la ley de causa y efecto. Si  me la haces me la pagas, antes o después.
Fue así como, al llegar a casa después de ese agridulce viaje a París, me encontré mi casa destrozada, a Lorito con una resaca de lo que parecían siglos de vino de tetrabrik, y a un par de secretarios que ocultaron sus rostros y sus nacionalidades para preservar sus identidades, no fuera a ser que alguien (sus jefas) se enterase de que estaban de pingoneo en lugar de trabajando como esclavos. 
En esta ocasión, mi cabreo fue de tipo 1. Mi botella de champán reventó de tal forma que la espuma arrasó todo lo que había a su paso. Los secretarios salieron corriendo jurando haber visto al chupacabras. Lorito estaba tan mal que ni se enteró, así que decidí esperar a que al menos estuviera consciente para escuchar mis gritos.
Como allí no podíamos quedarnos, arrastré a Alain hasta lo que era su guarida cuando trabajaba para mí, antes de que viviéramos juntos. Yo debería estar enfadada de que mantuviera su cubil, pero prefería no aumentar sus culpas, que bastantes tenía ya. 
Durante dos días, me dediqué con placer malsano a incubar mi cabreo de tipo 2, hasta que Alain se plantó delante de mí, con su sempiterno fruncir de labios, sus ojos entrecerrados y un aire ofendido que acabó de cabrearme.
-No voy a fingir que no sé qué te pasa -dijo, con su mejor voz de secretario sabihondo y repelente.
Se la estaba ganando y no sabía lo cerca que estaba de salir de allí de una patada en el culo.
-Igual he tardado demasiado en decírtelo...
Bufé y mascullé unas palabras en euskera que el fingió no entender, porque no había que hablar euskera para entenderlas, eran de ese tipo de palabras que se entienden en cualquier idioma.
-Había preparado un discurso, pero sé cuánto te molestan, así que te lo diré todo en tres frases o, mejor dicho, en tres preguntas.
-¡Qué considerado!
-Fingiré no haberte visto sacándome la lengua -dijo, sin poder evitar una sonrisa.
-Dilo ya o lárgate.
-De acuerdo. Ahí va la primera pregunta: ¿Has pensado en nuestra vida dentro de, digamos, cinco años?
Yo no había pensado en nuestra vida ni dentro de cinco días, así que apreté los dientes, por hacerme pensar. Pero no me dio tiempo de hacerlo, porque a los pocos segundos lanzó la segunda.
-Si seguimos juntos dentro de cinco años, ¿crees que estaremos solos?
¿Solos nosotros dos o solos con Lorito? Era incapaz de pensar más allá. Me estaba asustando de veras. Nuevamente, otra pregunta cortó mi cadena de pensamientos.
-Siendo mi madre como es, ¿crees que me aguantarás cinco años, o los que sean, a tu lado? Ya sabes que algunas cosas se heredan -sonreía, pero se le veía nervioso.
Traté de imitar su gesto, frunciendo los labios y entrecerrando los ojos, pero no me salía ni la mitad de bien que a él. Además, la sonrisa de boba me impedía mantenerme así mucho tiempo. Ese estúpido francés había pensado por una fracción de segundo que estaba enfadada con él por culpa de su madre. De acuerdo, era algo... poco simpática... pero tampoco era para exagerar. Aunque era mejor mantenerla en la distancia.
En cuanto a Alain. ¿5 años? ¡Qué paciencia hay que tener con los secretarios! Palmeé el sofá a mi lado y, cuando se sentó, le respondí sin palabras.

domingo, 8 de junio de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (XI)

Conté en mi cabeza mientras me alejaba del dormitorio de Alain.
Tras de mí, la risa histriónica de Alexia, con un punto de histeria y tal vez de incredulidad al pensar que se había salido con la suya. Marie Panphile no dijo nada, pero me la imaginé mirando a su hijo, esperando que me desmintiera. Y Alain...
Tardó tanto en empezar a hablar que casi me lo perdí, porque a esas alturas yo ya había llegado a mi ratonera, dispuesta a largarme sin mirar atrás. No quería confesármelo ni a mí misma, pero no sabía cómo iba a reaccionar mi secretario. No le gustaban los enfrentamientos, por no hablar de que hablar de las cosas que Alexia le hacía delante de su conservadora madre (para lo que quería, que bien que le gustaba leer BDSM). Cabía dentro de las múltiples posibilidades que se callara, agachara la cabeza y aceptara la victoria de Alexia sobre mí. También podría haber callado y seguirme sin más. Pero no.
En un rápido francés del que apenas capté lo más importante, Alain le contó con pelos y señales las torturas a las que Alexia le había sometido: hambre, golpes, jornadas de trabajo extenuantes... 
Pensé que pararía allí, pero no. Y ahí sí me sorprendió. Alain habló y habló, como jamás había hecho conmigo (cosas que tiene ser madre, supongo). Me apoyé contra una pared y escuché. No sé cuánto tiempo habló, pero lo que estaba claro es que Alexia ya no reía. 
No tengo ni idea de cuánto tiempo había transcurrido, pero de pronto Alexia pasó corriendo ante mí, no sin lanzarme antes una mirada de odio inmenso. 
Me gustaría haber pensado que había ganado, pero no, todavía no. Miré hacia la habitación y seguí esperando.
Tras varios minutos de silencio, Marie Panphile salió también de allí. Pasó en silencio junto a mí, sin mirarme, como su (deseaba con todo el alma) ex ídolo. Al cabo de unos instantes la escuché trastear en la cocina. Cuando pitó la tetera, supe que teníamos algo en común: el té nos calma y nos ayuda a ordenar las ideas.
-Te parecerá bonito lo que has hecho...
Me giré hacia Alain con mi mejor cara de "¿me hablas a mí, con esta carita de ángel que tengo?".
No me dejé engañar por su aspecto tranquilo ni por esa mirada serena. No tuvo que pedírmelo, pegué un saltito y él me cogió al vuelo, privilegios de ser bajita y pesar como una pluma.
Nos abrazamos unos minutos eternos allí mismo, sin hacer otra cosa que eso, estar abrazados.
-¿Mejor? -pregunté al fin.
Pude notar su sonrisa contra mi cuello.
-Mucho mejor. 
No lo decía solo por la escena, que seguro que no había sido fácil, sino que contarlo todo al fin debía de haber sido una liberación para alguien tan reservado para él, capaz de sufrir lo indecible sin hacer un mínimo gesto de dolor. Haber aguantado tanto había sido para él una tortura, y yo lo sabía muy bien.
No estuvimos mucho tiempo más en aquella casa ni en París. El viaje había sido un fiasco en muchos sentidos, pero liberador en otros. Sabía que seríamos libres de Alexia, al menos durante un tiempo.
Marie Panphile se despidió de su hijo con un abrazo extraño, como si no deseara soltarle y a la vez no se atreviera a mirarle a la cara después de lo ocurrido.
A mí apenas me dirigió un gesto con la cabeza a modo de saludo. Tampoco esperaba un beso y que me pidiera perdón... pero sí (no puedo evitarlo, soy autora de romántica, siempre espero que todo salga bien, pese a todo).

Cuando ya estábamos en el avión, camino a casa (esa casa que esperaba que Lorito no hubiera destrozado), me di cuenta de algo, sorprendida.
-¿Puedes decirme a qué hemos ido a París?
Alain rió. Una sonrisa libre, fresca y alegre como pocas veces (o más bien nunca), se la había visto.
Me dejó con las ganas de saberlo, cómo no. Pero lo averiguaré. Lo juro, como que me llamo Arwen Grey.

Por cierto, no sé si os habéis dado cuenta, pero gané: 
Arwen 3 - Marie Panphile 2

sábado, 31 de mayo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (X)

Alain se puso delante de mí, no sé si para protegerme o para impedir que me lanzara contra Alexia, pero, teniendo en cuenta que estaba en bolas, consideré que no era buena idea que estuviera tan cerca de esa bruja, a la que por cierto se le iban los ojos a ciertos lugares. Y esos lugares eran míos, así que le aparté de un empujón y le cubrí como pude, teniendo en cuenta mi estatura y envergadura.
Alexia sonrió, aunque sus ojos lanzaban dardos mortales. Seguro que le estaba costando un mundo no poder comportarse como ella era de verdad delante de Marie Panphile, la presidenta de su club de fans en Francia.
-Eres una indecente -dijo la muy falsa, llevándose una mano a la zona en que los humanos normales tenemos el corazón.
-Le dijo la sartén al cazo.
Los refranes nunca han sido lo mío, pero era mejor decir eso que lo que pasaba de verdad por mi cabeza.
-Has profanado el hogar de esta mujer incitando a su hijo a cometer actos impuros -siguió Alexia, poniendo una cara de mojigata que no sabía si reírme o llorar.
-En realidad me incitó él, pero eso es un detalle sin importancia -dije, acertando de lleno con el dardo, a juzgar por su expresión de odio absoluto. Seguro que a ella Alain nunca la había incitado a nada (juajuajua).
Entrecerrando los ojos hasta convertirlos en rendijas de pura maldad, se volvió hacia madame Panphile, que todavía no había abierto la boca, aunque no paraba de asentir ante las palabras de Alexia.
-Tienes que hacer algo, querida -la voz de Alexia sonó dulzona y pegajosa-. Esta mujer lleva a mi croasancito por el mal camino. ¡Mírale, si ya no reconoce la decencia! ¡Tápate, por Dios! -añadió, cubriéndose los ojos con teatralidad, aunque yo pude ver que separaba los dedos para seguir mirando, la muy perra.
Marie Panplile asintió, frunció los labios de una forma que me resultó muy conocida y apretó los puños, la viva imagen de la furiosa dignidad.
-Me temo que tendrás que marcharte de mi casa.
Vale, había tenido la excusa perfecta, y lo peor era que se la habíamos dado en bandeja y hasta con un lazo rojo y enorme. A su lado, Alexia sonreía como la perra satisfecha y malvada que era, creyendo, y tal vez con razón, que había ganado.
Pero no. Ya estaba harta de ser la buena y tonta autora sin esperanza. Si había algo en lo que había cambiado desde que estaba con Alain, era en que sabía que podía conseguir todo lo que quisiera. Por primera vez, además, pensé que no me iba a importar usar cualquier truco sucio a mi alcance con tal de librarme de esa víbora para siempre. 
Así que sonreí, asentí con la cabeza y enfilé la puerta, sorprendiendo a todos. Al llegar a la salida, me giré como para despedirme, aunque mi intención estaba muy lejos de ello.
-Es una lástima que tenga que irme. Hubiera sido un placer para mí contarle las cosas que le hacía su ídolo a su... -miré a Alain, que se había detenido en mitad del gesto de abrocharse los pantalones. Su cara de desconcierto era un poema. Procuré grabarla en mis retinas, porque verle perder el control era algo extraño y precioso- croasancito...
Mi reverencia final fue la puntilla a aquella escena.
Salí del cuarto sin mirar hacia atrás. Esperando.

Madame Panphile 2 - Arwen 2


sábado, 17 de mayo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (IX)

Esas horas de paz y felicidad fueron un oasis, un paraíso en la tierra, el edén... todas esas moñeces que se suelen decir en estos casos. El caso es que pudimos estar juntos y a solas durante un tiempo, y eso fue bonito (los adjetivos creo que no son lo mío, espero que se me entienda).
Solté a Alain en cuanto escuché el ruido de la puerta de entrada. El oasis se había secado, el paraíso en la tierra se había inundado y habíamos sido expulsados del Edén. 
El ruido del taconeo de Marie Panphile sonó como el repiqueteo del tambor que anuncia una ejecución. Se había acabado lo bueno y me iba a tocar pagarlas todas juntas si nos cogía juntos.
Un momento.
No había solo un taconeo. ¿Había traído una visita madame Panphile? 
Empecé a vestirme a toda prisa.
-Somos adultos, petite...
Sentí deseos de reírme, pero hubiera perdido tiempo.
-Tú y yo sí, chouet, pero tu madre no, así que mueve ese culo... perdón, trasero, y vístete, por favor. Si nos coge, quiero poder mentirle y decir que no es lo que parece.
Alain suspiró, resignado, y me hizo caso por una vez, sin que sirviera de precedente.
Lamento decir que al final sí perdí un tiempo precioso, porque al darme la espalda me quedé embobada mirándole. 
Como el destino parece tener algo contra mí, aprovechó ese momento para hacer que Marie Panphile abriera la puerta. El cuadro no era halagüeño, lo reconozco: ropa desperdigada por todas partes, yo a medio vestir, Alain como Dios le trajo al mundo y yo mirándole de un modo que no tenía nada de inocente.
No dijo nada, eso debo agradecérselo. Con su mirada bastó para que volviera a sentirme como si tuviera 15 años y me hubieran pillado con el carrito del helado.
Por desgracia, su acompañante no tuvo la misma delicadeza.
-¿Sabes que te puedo denunciar por acoso a un empleado?
Que esas palabras salieran de esa boca, que esa persona hablara de acoso a un empleado, era lo más irónico que podía escuchar, viniendo precisamente de Alexia Guipur.
Bien, el destino me la había jugado redonda: me había dado unas horas de felicidad, para después poder divertirse el doble hundiéndome en la miseria.

Marie Panphile 2 - Arwen 1

domingo, 11 de mayo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (VIII)

Madame Panphile y yo estábamos empatadas, pero era evidente que aquello no iba a quedar así. Esa mujer tenía que acabar entendiendo que su hijo y yo éramos algo más que amigos, que éramos pareja, que estábamos juntos. Con que entendiera solo una de las tres cosas, me conformaba.
Los días fueron pasando, poniendo a prueba mi paciencia. Yo, que toda la vida me había considerado una persona con paciencia, comprensiva y tolerante, me descubrí deseando echar estricnina en el café de madame Panphile antes de huir a mi casita, con mi Lorito, que seguro que me echaba de menos.
Alain, mientras tanto, hacía todos los esfuerzos posibles para no darse cuenta de lo que ocurría, y lo conseguía y todo. Oyéndole, cualquiera diría que estábamos disfrutando de unas vacaciones idílicas. Y lo peor era que, a todo esto, yo seguía sin saber a qué narices habíamos ido a Francia. ¿Quería presentarme a su familia? Pues ya lo había hecho. ¿Tenía algo pendiente allí? No le vi salir solo ni una sola vez, como no fuera a por pan y croissants a la panadería de esa misma calle. 
Si su objetivo era que su madre y yo nos lleváramos bien, podía ir resignándose a que eso no sucediera jamás. De hecho, ella se encargaba de demostrarme que no tenía nada que hacer a la hora de intentar ganarme su corazón. Se paseaba ante mí con camisetas de las Foxys de Alexia (sí, desde luego entre las fans de Alexia había unas pocas zo...as), cambiaba sus libros de sitio para que yo los viera bien, firmados y dedicados "con amuuuurrrr", por no hablar de la decoración de mi querida ratonera, que amenazaba con provocarme sarpullidos cada vez que yo entraba allí para cualquier cosa.
Aquello tenía que acabar, para bien o para mal.
Ya que parecía que no iba a conseguir que me apreciase, una retirada estratégica me pareció la mejor forma de terminar con esa historia, aunque rendirse pareciera de cobardes. A ver qué haríais vosotros en mi lugar. Pensadlo y luego hablamos. 
Pero Alain tenía otros planes.
-Todavía no podemos volver a casa, petite -dijo, retomando su antigua seriedad.
-¿Por qué?
-¿Por qué qué?
-¿Por qué todo, no te hagas el tonto? ¿Qué narices hacemos aquí? ¿Por qué no podemos volver a casita? Seguro que Lorito nos espera como agua de mayo.
Alain enarcó una ceja.
-Y seguro que tú le echas mucho de menos...
Lástima no haber tenido mi grapadora a mano, o le hubiera borrado esa sonrisita irónica de un plumazo, al muy...
-¿Me vas a responder a alguna de las preguntas que te acabo de hacer?
Su estrategia para cambiar de tema fue buena. Solo diré que la puerta de entrada se acababa de cerrar, dejándonos solos en casa de los Panphile. Cuando me dijo que qué me parecía aprovechar ese lapsus de paz para recuperar el tiempo perdido, no tuve que pensarlo. Eso sí, si pensaba que se iba a librar de responder al acabar, la tenía clara...

domingo, 6 de abril de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (VII)

Había ganado el primer duelo contra Marie Panphile. Con mi discreción habitual, poco me faltó para dar saltos de alegría y restregárselo por el morro, pero decidí que eso no era ni elegante ni educado, así que me limité a recostarme contra la silla y mirarla con aire de triunfo.
Ella entrecerró los ojos, pero se mordió la lengua para no darme más motivos de alegría.
Alain, que para variar no se enteraba de nada, nos miró a las dos con ternura.
-Estoy seguro de que acabaréis queriéndoos -dijo, con una de esas sonrisas que me hacían pensar que había algo en él que no era de este mundo. No se podía ser tan inocente.
Madame Panphile estiró los labios en algo similar a una sonrisa y yo disimulé mirando el reloj.
-¡Qué tarde es! Salgamos ya o no nos dará tiempo a ver nada -exclamé, sin que se notara para nada que tenía unas ganas terribles de salir de allí.
Dedicamos lo que quedaba de tarde a visitar París. Ains.  París, París, París...
Cuando regresamos, ya cenados por si acaso (mostaza una vez sí, dos ni de coña), decidí aprovechar que no había nadie a la vista para colarme en su cuarto. Pondría el despertador para levantarme pronto y volver al cuarto de las ratas para que Madame Panphile no supiera que habíamos dormido juntos.
-Eres malvada -decía Alain mientras besaba mi cuello, ya dentro de su dormitorio.
-No confundas inteligencia con maldad, chouet...
Besos, arrumacos, risitas... y un carraspeo que nos hizo saber que no estábamos tan solos como creíamos.
La mano de Alain se detuvo a medio camino de una de esas partes de mi anatomía que no solía pronunciar y le faltó poco para ponerse de firmes.
-No en esta casa.
Parpadeé un par de veces, sin saber si era posible que hubiera alguien tan cortarollos.
-Madre, llevamos tiempo viviendo juntos, te aseguro que no es la primera vez que dormimos juntos -dijo Alain.
Le di un codazo. Decirle eso a su madre no haría nada por mejorar su opinión de mí.
-Podréis vivir sin... tocaros... mientras estéis en mi casa -respondió ella, uniendo sus manos como si rezase-. Aquí respetamos las tradiciones. Nada de cama antes del matrimonio.
Lo reconozco, tendría que haberme reído, que era la reacción más lógica, pero suspiré de resignación. Podía ver por su sonrisa satisfecha que había ganado este combate.
Antes de que Alain dijera nada, le di un beso de buenas noches y me encaminé hacia la ratonera. 
No habría achuchones durante unos días, de acuerdo, pero tampoco peleas abiertas entre Marie Panphile y yo. Todo fuera para mantener la paz... o para pelear con más fuerzas otro día.
Cuando llegué al cuartucho donde dormiría, la sonrisa satisfecha de Alexia desde las fotos me hizo pensar que esas vacaciones serían una dura prueba para mi paciencia.

Marie Panphile 1 - Arwen 1

sábado, 22 de marzo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (VI)


Salimos de la ratonera después de unos pocos achuchones (detalles no, que luego os venís arriba). Cuando salimos de allí, madame Panphile nos miró con algo cercano a la benevolencia. Bueno, sería más certero decir que miró a su hijo con cierta benevolencia, tal vez pensando que su nene tenía derecho a echar alguna cana al aire hasta el momento en volver al buen camino. A mí no me miró. Es más, juraría que hacía cosas extrañas con los ojos para no mirarme.
-La comida está lista.
¡Comida! ¡Bien!
Como todo el mundo sabe, no hay lugar más ideal de la muerte que una mesa llena de cosas ricas para firmar la paz.
Nos acercamos al comedor, donde descubrí que no había ni cubiertos ni silla para mí. Un descuido por parte de Marie Panphile, sin duda. Alain no dijo nada y salió para buscar un plato y todo lo necesario para que yo también pudiera disfrutar de la rica comida que habían preparado para celebrar la visita de su niño querido.
Cuando al fin nos sentamos, y pude conocer al fin a Monsieur Panphile, una versión mayor, más seca todavía si cabe, de Alain, me dije que con razón era así el pobre muchacho. Con decir que ni siquiera hizo amago de notar mi presencia, es quedarse corta. Aunque teniendo en cuenta cómo me había recibido la señora de la casa, casi lo prefería.
Llegó la comida.
Debo hacer aquí un inciso para explicar que yo he vivido en Francia una temporada, hace varios años. Es un país que me gusta en muchos aspectos, pero si hay algo a lo que no logré acostumbrarme, es a su comida.
Resumiré mi rechazo a ella con una sola palabra: mostaza.
Mostaza en el aliño de ensalada, mostaza en la mayonesa, mostaza en todas y cada una de las salsas, carnes y pescados que te servían.
Y yo odiaba (y sigo odiando) la mostaza.
No quiero pensar que fuera adrede, lo juro, pero el menú que Marie Panphile escogió para el primer día, parecía diseñado para fastidiarme: ensalada (con su aliño de mostaza), pollo (a la mostaza), un pescadito para Monsieur Panphile, que no toleraba bien la carne (con salsa de mostaza). ¡Jobar, es que hasta el pan, el agua y el postre tenían mostaza! Sí, el queso también tenía mostaza.
Yo no quería continuar con mal pie. Comí. Y hasta procuré fingir que no me estaba poniendo mala. Pero no se puede engañar a una madre, aunque no fuera la mía. Marie Panphile sabía que yo sufría… y disfrutaba a tope, la capulla.
Pero si su intención era derrotarme de un modo tan vil, la tenía clara.
¡Como vasca, a mí a cabezota no me gana nadie! Comí y hasta repetí, solo por darle en ese morrete fruncido tan a la francesa.
Me lo había propuesto así y conquistaría a ese par de… (bueno, como son los padres de Alain, que está leyendo esto por encima de mi hombro, dejaré los epítetos dolorosos a vuestra imaginación) aunque me fuera la vida en ello.
Vale, tampoco exageremos… aunque juro que deglutir toda esa mostaza me quitó años de vida.
Cuando llegamos al café (sin mostaza, gracias a Dios), pude captar un ligero fruncimiento de ceño en la expresión de los señores Panphile. Lo sé, no debería sentirme satisfecha por ello, pero, qué narices.

Arwen 1 - Marie Panphile 0

sábado, 15 de marzo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (V)

No sé si me quedé en estado de shock o si simplemente flipaba en colores, pero cuando Alain me abrazó por detrás pegué un salto. Ni siquiera le había oído entrar en la ratonera.
-Lo siento -murmuró a mi oído-. Creo que leer tanta romántica me hizo pensar que las cosas podían ser de otra forma.
No tuve más remedio que reírme. Alain a veces era tan… ¡¡monoooo!!
-No sé cómo pudiste pensar que una fan de Alexia podría aceptarme.
Suspiró contra mi pelo. Si había alguien para el que todo aquello era complicado, era él.
Decidí ser magnánima y perdonarle. Al fin y al cabo, era lógico que quisiera que su madre y su chica se llevaran bien.
-En el fondo eres un romántico, mon petit chou -dije, girándome para mirarle.
Alain Panphile parecía cansado. Y un poco desesperado también. Pero sonrió ante mis palabras, y sentí que sería capaz de cualquier cosa (o casi, tampoco nos pasemos) para que me sonriera así cada día.
-Si quieres, podemos irnos…
Negué con la cabeza. Aquello era importante para él, y yo haría al menos el intento de que todo fuera bien esos días. Que no fuera por no intentarlo al menos.
-No. Me tomaré como un reto que tu madre me aprecie. Ya sabes que me encantan los retos.
Alain no pareció demasiado convencido, tal vez porque notaba que yo tampoco lo estaba del todo.
Enarcó una ceja y me regaló una de sus sonrisas.
-¿Lo harás por mí? -preguntó en tono burlón.
-No, querido, es que me va la marcha.
De ese modo comenzó mi campaña por conquistar a Marie Panphile.

No sería fácil, no sería agradable, ni siquiera estaba segura de conseguirlo, pero merecía la pena intentarlo.

sábado, 1 de marzo de 2014

EL SECRETARIO: EL VIAJE (IV)

Tembleque de piernas, sudores fríos y calientes, pulso acelerado, tos, lagrimeo de ojos… durante dos minutos eternos pensé que estaba a punto de sufrir un infarto de miocardio, pero no, lo que me ocurría era que estaba alucinando en colores.
-Ya te he hablado de ella varias veces, maman…
Marie Panphile enarcó una ceja y volvió a mirarme o, más bien, clavó su mirada fría y clara en mí como si me hiciera una autopsia con los ojos. Sentí en carne propia el momento exacto en el que decidió que yo no merecía la pena.
-Creía que habías vuelto con Alexia, mon cher.
¿Había esperanza en su voz? ¡Por qué pongo signos de interrogación! Claro que había esperanza en su voz, si hasta había juntado las manos y parecía rezar por que Alain le confirmara la feliz noticia de que había regresado con mi Archi.
Pude ver que Alain apretaba los labios.
-¿Eso es lo que ella dice?
Tras estas palabras, me tomó por el brazo, con una indelicadeza muy impropia de él, y me introdujo en la oscura guarida a la que llamaba hogar materno.
Pude apreciar a simple vista que la foto de la entrada no era la única en la que Alexia aparecía. De hecho, la vieja bruja estaba por todas partes: en el corredor, realizando distintas labores en un huerto, en el salón, sobre la chimenea, sentada en una mecedora, en la cocina, con utensilios de acero en las manos y sonriendo como una maníaca. Tuve miedo de ir al baño por lo que me podía encontrar.
-Alain -dijo madame Panphile, siguiendo nuestros pasos a duras penas-. No puede quedarse aquí. No hay lugar para ella.
Él se detuvo y se giró hacia su madre, arrastrándome a mí de paso. Apretada contra él, asistí a las emociones que recorrían su rostro, hermoso todavía a pesar de la edad. Era evidente a quién había salido Alain, al menos en cuanto a belleza.
-Se quedará donde yo esté.
Marie Panphile no se tomó el desafío demasiado bien. Es más, a juzgar por su expresión, era como si hubiera estado esperando esas palabras. Una sonrisa fría y desasosegante hizo que sus labios se estiraran de modo desagradable. Tuve deseos de escapar, lo reconozco. Esa señora sí que daba miedo.
-Ya veo -dijo, tras unos segundos de silencio. De pronto clavó sus ojos en mí, redondos y penetrantes-. Pero supongo que esta… señorita… entenderá que esto es una casa decente. Tendrá que adaptarse a las normas de la casa.
Debería haberme mordido la lengua, lo sé, pero nunca he sido capaz, y creo que jamás lo seré.
-¿Normas?
No sé cómo ocurrió, pero al poco rato me encontré en una especie de trastero sin ventanas, de dos metros por cuatro, como una caja enorme y oscura, que apestaba a moho, amueblada con un camastro, y varias cajas repletas, que lo hacían todo más angustioso. Como única decoración, más fotos de Alexia, que parecía sonreírme y decirme: “tú te lo has buscado”.
Todavía estaba contemplando mi “dormitorio”, cuando la puerta se cerró detrás de mí, dejándome a solas  y a oscuras en aquel sitio que olía a ratonera. Palpé la pared hasta encontrar el interruptor de la luz. Y al encenderla, deseé no haber salido de mi casa. Justo frente a mi cama había una foto más: Marie Panphile abrazada a mi Archi, que sostenía un premio a la fan más fan del mundo mundial.
Con mi suerte habitual, me había metido en la guarida del lobo.