jueves, 30 de mayo de 2013

SOBRE CURRAR, CURRAR Y CURRAR...

Ya lo sé, ya lo sé... ya está la pesada otra vez con la disciplina, con lo de escribir todos los días y blablablá...
Planteemos el asunto desde otra perspectiva.
Yo no soy Ken Follet y creo que tú tampoco (si me equivoco, perdona).
Nuestros lectores no van a esperar cinco años a que nos decidamos a publicar nuestra próxima obra maestra, por mucho que les haya gustado la anterior. Hay millones de escritores en Amazon y otras plataformas, por no hablar de los que publican en los métodos tradicionales.
 
Vivimos en un mundo en el que la inmediatez manda. Valemos tanto como lo que duramos en la pantalla. Por eso necesitamos estar en "el candelabro" constantemente. Y para ello necesitamos sacar nuevo material a menudo.
La única manera de sacar nuevo material es... ¡eso es, has acertado!
Todo lleva a la disciplina, al trabajo diario y a el curro, el curro y el curro.
Cuando trabajas cada día (o tienes una rutina de trabajo medianamente buena), el trabajo sale, las palabras escritas se acumulan y, al final, también las obras acabadas.
 
No nos engañemos, nos gusta escribir, pero en cierto modo es un trabajo más. Y como todo trabajo, es algo que tiene su horario, sus cosas molestas (como tener que dejar cosas más agradables y ponerse a escribir esa escena que no te apetece nadaaaaa) y también sus recompensas. A mí me parece una buena recompensa ver cómo aumenta el número de páginas gracias a mi disciplina diaria... igual es que soy más rara de lo que pensaba. Y, por otra parte, creo que a mis lectores les gusta saber que trabajo cada día no solo para mí, sino para ellos.
 
Nota mental: clin!! hora de empezar a hacer algo útil!! Por si alguien tiene curiosidad de conocer mi horario de escritura diaria: de 15:30 a 17:30 aproximadamente. No parece mucho, ¿verdad? A veces no es necesario mucho tiempo si ese tiempo es bien aprovechado...
 

martes, 28 de mayo de 2013

SOBRE LA FASCINACIÓN

 
Cuando escribimos, creamos un universo paralelo poblado de gente guapa, simpática, maravillosa y, sobre todo, fascinante.
No es extraño que en algún momento de nuestra vida como autores hayamos sufrido lo que yo llamo el "Cuelgue Personajil", o sea, algo cercano a obsesionarnos por uno de nuestros personajes.
Unas veces es el protagonista, otras veces ese secundario majetón con sonrisa indolente... el caso es que de pronto se convierte en alguien real: piensas en él como si fuera real, los demás personajes pasan a segundo plano y, digámoslo de una vez... sueñas con él.
 
El "Cuelgue Personajil" no es estar enamorada de tu personaje, porque eres muy consciente de que no existe, es más bien fascinación, lo que es algo diferente.
A mí también me ocurre con los personajes de otros autores, no solo con los míos.
Para que lo entendáis, os nombraré a personajes famosos que producen "Cuelgue Personajil", o fascinación: Darcy, Heathcliff, Rochester... (soy una clásica, qué se le va a hacer, con los actuales no me ocurre).
 
No son perfectos, tal vez no sean la gente más amable del mundo, pero son GRRRR/ÑAM/CRUNCHY... no sé cómo explicarlo porque es inexplicable, es algo propio de la fascinación (el que pueda explicarlo que lo haga, yo no puedo).
 
A la hora de crear un personaje hay que luchar contra esta fascinación porque puede hacer que perdamos de vista a los demás. Mr. Perfecto no está solo en el reparto, recuérdalo.
 
Nota mental: vale, no se nota que vivo un momento de cuelgue jajaja, lo he disimulado muy bien.

sábado, 25 de mayo de 2013

LOS SÁBADOS RELATO: "¿CINEMA PARADISO?"



Cuando entró en la sala en penumbra no era más que un niño. Un niño que abrazaba un vaso que desbordaba refresco a cada paso, dejándole los dedos pegajosos, en una mano, y un cubilete de palomitas aún calientes abrazado a su tierno costado.

El acomodador le señaló un sitio que no era malo del todo. Una fila más cerca del principio que del final, más cerca de la pared que del pasillo.

Haciendo equilibrios con lo que llevaba en las manos y las piernas de los que ya estaban sentados, el adolescente ocupó su asiento.

Terminados los tráilers, comenzada la película, el joven se removió en su asiento. Como siempre, las rodillas le rozaban el asiento delantero  y tenía que cambiar de postura continuamente para estar cómodo.

Más o menos por la mitad de la película, cuando todo pintaba bien para la pareja protagonista, el hombre de mediana edad ya había terminado las palomitas y daba los últimos sorbos a su refresco y se removía una vez más, ganándose una mirada de fastidio de su compañera de asiento.

Quedaban más o menos cinco minutos para el final de la película cuando el anciano sintió un extraño adormecimiento en el brazo izquierdo, un dolor punzante que le subía hasta la mandíbula y pensó que, una de dos, o se trataba de un infarto o de una indigestión por las palomitas rancias.

No era mal sitio para morir, pensó, mientras veía las letras blancas de los créditos finales bailando sobre el fondo negro.  Lástima que la película no fuera mejor.

jueves, 23 de mayo de 2013

SOBRE CONCURSOS Y OPORTUNIDADES

Cuando te presentas a un concurso literario, la oportunidad y ventaja más obvia es la que tendrás si ganas, pero hay que pensar también que ese trabajo que has hecho ya está hecho y hay que aprovecharlo, qué narices, que por algo te has pegado el currazo y has sacado lo mejor de ti (supongo).
 
En los últimos tiempos los plazos de entrega de originales de los concursos son tan limitados que, a no ser que seas supersónica (yo soy rápida, pero en 3 meses tendría que dejar de respirar y de comer para tener algo decente, y no sé si llegaría, y no estoy dispuesta a hacerlo), no te da tiempo a crear nada de cero. Otra opción es apañar algo viejo que tengas por ahí y no hayas arreglado o corregido por pereza.
¿Qué mejor ocasión para obligarte a ti mismo a currar que una bonita meta, una fecha límite? En definitiva, UN RETO.
 
Yendo al lío:
Una vieja novela a la que no le metes mano por pura desidia, pereza, asco supremo, pero con posibilidades, ummm... ¿Por qué no?
Piensa que, aunque no ganes (que es lo más seguro) esa novela ya estará revisada y, tras el consiguiente secuestro por la editorial que organice el concurso, podrás publicarla por tu cuenta o arriesgarte a enviarla a otras editoriales. Suena bien, ¿a que sí?
 
¿Todavía estáis ahí? ¡A rebuscar en los cajones/carpetas recónditas del ordenador! Quiero esas novelas revisadas para ayer...
Y además, quién sabe, igual por una vez gana alguien no conocido y los premios no están amañados... (risita maquiavélica).
 
Nota mental: yo adoro los retos. De hecho, como buena vasca que soy, cualquiera que me rete descubrirá en mi un rival a la altura. No puedo resistirme...

lunes, 20 de mayo de 2013

SOBRE RESEÑAS

En concreto las que han hecho de mis libros...
Laidy Turquesa reseñó "El príncipe zapatero" en su maravilloso blog "La guarida del libro"...
 

Y, por otra parte, Esciam, reseñadora de cuentos sin par se atrevió con mi libro de relatos "El regreso y otros relatos", y más concretamente con "Angus McGregor y las hadas", que, curiosamente, es uno de mis preferidos, en su blog "Te cuento sobre unos cuentos".
 
 
Muchas gracias a las dos. Me alegro de que hayáis pasado buenos ratos gracias a mis historias.
 
 

sábado, 18 de mayo de 2013

LOS SÁBADOS RELATO: "EL AROMA"





En el año de la hambruna, era tarea de la sanadora buscar alimentos para los supervivientes, dado que era la que mejor conocía las hierbas y plantas comestibles.

Era bien sabido que algunos habían muerto tras alimentarse con yerbas venenosas, entre grandes padecimientos peores que el hambre que asolaba sus miembros.

Sin embargo, la hambruna la causaba una sequía que había secado campos y bosque, matando casi todas las plantas, tanto comestibles como venenosas, dejando yerma la tierra, de modo que la sanadora se encontró ante un enorme dilema: ¿si no tenía plantas con las que alimentar a los supervivientes, con qué otra cosa podía hacerlo?

Un aroma delicioso se alzó cada tarde desde la choza de la sanadora, un aroma a guiso de carne con especias, las delicadas especias que la sanadora había recibido el día de su boda y que había guardado toda su vida, esperando un día especial, una época especial, una era especial. Y ese día, esa época, esa era había llegado.

-Madre –preguntó su hija, devorando un plato de aquel delicioso guiso-. ¿Qué era eso?

Le había parecido ver algo brillante mientras su madre removía el guiso, algo que se parecía sospechosamente a… pero no podía ser. Cerró los ojos, obnubilada por el sabor de la carne, pero sobre todo por el olor. Jamás había olido nada semejante. Estaba segura de que nunca podría olvidar ese olor.

-¿Qué, querida?

La niña negó con la cabeza y sonriendo beatíficamente, solo disfrutando tras semanas de privaciones.

 

 

Esa noche era luna de lobos.

No era que le preocupara, pero seguro que Henry le insistiría en que llevara el mosquete en la cesta, por si acaso. No entendía que a ella los lobos  no la asustaban. Llevaba años yendo al bosque a llevarle comida a su abuela cada día y nunca había visto ninguno, como mucho había visto sus huellas y los había oído aullar en la distancia.

Para ser cazador, Henry parecía saber muy poco de animales.

¿Acaso no sabía que eran mucho más peligrosos los humanos para los lobos que al revés?

Frida se arrebujó en su capa escarlata y caminó a paso ligero por el sendero casi borrado que llevaba a casa de su abuela. Hacía años que nadie más que ella iba por allí y muy pronto dejarían de ser creíbles sus visitas. La gente del pueblo se preguntaba ya cuántos años tenía la vieja.

¿Setenta? ¿Ochenta? ¿No eran muchos para una mujer que vivía aislada en un bosque, enferma?

Desatrancó la puerta de la cabaña y entró sin llamar.

-¡Ya he llegado! –exclamó, como cada día.

-Hoy has tardado –respondió una voz grave a sus espaldas.

Frida se detuvo, la mano congelada a la altura de la manilla de la puerta.

Se suponía que no debería responder nadie. Allí no vivía nadie. ¡Nadie!

Procurando moverse lo mínimo posible, trató de escrutar las tinieblas de la choza donde apenas entraba luz por las ventanas que ella misma había tapiado hacía años para evitar miradas curiosas.

Sabiendo que no podía confiar en la vista, recurrió a su sentido más fiable. Cerró los ojos y alzó un poco la barbilla. Olfateó, venteó como un animal, como había visto hacer a los lobos.

Sonrió.

-Henry… -murmuró, sintiendo que la calma invadía sus miembros.

Dejó la cesta en el suelo y cerró la puerta. Avanzó unos pasos hacia la sala y lo vio, sentado en la mecedora de su abuela, meciéndose suavemente, sosteniendo su mosquete como si fuera un bebé de pecho, mirándola.

-¿Cuánto?

Frida se preguntó si tenía sentido hacerse la tonta, pero pensó que no, que sería mejor una verdad a medias.

-Hace un par de años llegué y mi abuela estaba… muerta –Frida fingió un quiebro de la voz.

-¿Fueron los lobos?

Frida alzó la mirada, sorprendida. Por unos segundos había olvidado la obsesión de Henry por los lobos asesinos. Y más últimamente, que el número de víctimas había aumentado de una manera abrumadora. ¿La había seguido por eso, para protegerla de los lobos? Casi sintió un ramalazo de ternura por él.

Negó con la cabeza.

-No sufrió, creo que fue mientras dormía.

Lo vio fruncir el ceño, confuso.

-¿La enterraste sola y no dijiste nada? Sigues viniendo todos los días al bosque, ¿para qué?

Henry dejó su mosquete a un lado y se levantó. Frida admiró su apostura, la hermosura de sus facciones, la fuerza de sus miembros. Avanzó hasta ella y su aroma asaltó sus fosas nasales, haciendo que su sangre hirviera.

-Será mejor que te vayas, Henry. Lo que haga aquí no es asunto tuyo –dijo Frida dándole la espalda.

¿Cómo era posible, si acababa de…?

Él la sujetó por los brazos haciendo que se girara para mirarle nuevamente.

-¡Cómo no va a ser asunto mío si vamos a casarnos! –medio gimió medio gruñó él, acunándola contra sí -. Mi hermosa muchachita…

Frida trató de zafarse. No soportaba tenerlo tan cerca, con su almizclado olor a hombre de bosque, salvaje y delicioso. Sí, ricooo…

Acercó la nariz a su cuello no demasiado limpio, con su mezcla de jabón de afeitar, cuero, grasa y suciedad. Aspiró con fuerza. Lo besó. Lo lamió. Lo mordió.

Henry rió hasta que ella ahondó el mordisco.

La apartó con una mirada de extrañeza, con la mano en la herida. Se la apartó para descubrir que la tenía cubierta de sangre.

-Frida, ¿qué diablos haces?

Ella lo miraba espantada por lo que podía llegar a hacer si no se controlaba. No es que tuviera miedo de ello en sí, sino de que fuera con Henry.

-Vete, Henry. Lárgate y no vuelvas.

De pronto Henry ya no la miraba, no miraba sus labios llenos de sangre, su lengua que no podía evitar saborearla, sino una repisa sobre la chimenea, llena de objetos que parecían ajenos a la cabaña: juguetes, chucherías, piezas de tela, lámparas e incluso… ¿huesos?

Frida lo vio acercarse a la repisa y acercar una mano temblorosa hacia los objetos, pero sin atreverse a rozarlos siquiera.

-Dios mío, Frida, ¿qué diablos es todo esto?

Pudo leer en sus ojos el segundo exacto en que se dio cuenta de qué representaban esos objetos, el momento en que se dio cuenta de qué era ella.

Y entonces, el peor minuto de todos…

-Francis…

Al fin había reconocido su broche en forma de paloma, un broche que había pertenecido a su madre y que Francis iba a regalarle a Meg, su prometida cuando se casaran. ¿Qué sentido que lo tuviera Frida si Francis no había pasado por allí? Además, Francis había desaparecido sin dejar rastro hacía más de un mes y supuestamente se lo habían comido los lobos. Si hubiera sido así, ¿por qué tenía Frida su broche?

Frida alzó los hombros y clavó en él una mirada tan fría y estremecedora que Henry reculó sin poder evitarlo. Sus ojos buscaron el arma que había dejado junto a la mecedora. Todo su valor parecía haberse esfumado de pronto.

-Vino una tarde para decirme que lo había descubierto todo, que no se lo diría a nadie si yo accedía a hacer lo que él quisiera.

Henry la miró horrorizado por su frialdad, por la manera en que narraba cómo se había acostado con su hermano y luego lo había matado y cocinado en esa misma casa, según la antigua receta de su madre. Y  lo hacía atusándose la capa carmesí, colocando bien la hermosa caperuza sobre la espalda de forma que no le hiciera pliegues poco favorecedores, como si le estuviera narrando un paseo por el bosque.

-De modo que jamás hubo lobos… -dijo Henry al fin, como en estado de trance.

Frida lo miró con una risa más parecida a un quejido, dejando caer las esquinas de la capa a los lados.

-Henry, por Dios, ¿realmente tienes que mostrarte como un idiota? Yo… lo necesito –murmuró con algo cercano al fanatismo. Henry no podía moverse, solo podía mirarla, verla acercarse, con sus ojos encantadores, su sonrisa afilada-. Aquel año de la hambruna mi madre sacó a los muertos de las tumbas para alimentarnos a todos y es posible que vosotros prefiráis haceros los idiotas y fingir que no lo sabéis, pero yo sé lo que vi en la cazuela aquel día –añadió con vehemencia–. Durante años tuve que reprimirme y comer la detestable carne de los animales que tú y los otros cazadores me traíais, como si fuera un tributo. Hasta que un día me topé con un hombre que había sido atacado en el bosque. Estaba a punto de morir y me pidió ayuda. Yo solo podía oler ese olor en su piel, en su sangre. ¡Lo recordaba! No pude contenerme, tuve que probarlo. No sabes lo bien que me vino tu manía con los lobos asesinos para encubrir mis crímenes, querido. Ahora que sabes que mi abuela ha muerto y, en fin… otras cosas… no puedo dejarte con vida. Además, siempre me tientas con tu olor, eres demasiado apetitoso –dijo relamiéndose-. Me largo de aquí y no vas a tener la oportunidad de detenerme, amor…

Él, paralizado por la sorpresa, el miedo y, por qué no decirlo, la fascinación, hubiera jurado que jamás le había visto una sonrisa más hermosa, más blanca o más puntiaguda.

Cuando sus dientes cayeron sobre su cuello, vio que la capa, que siempre le había parecido tan roja, tan carmesí, realmente estaba salpicada de miles de gotitas de sangre.

 

 

 

viernes, 17 de mayo de 2013

SOBRE MIS 100 DÍAS

Ahora que están a punto de cumplirse mis 100 días en el top de Amazon.com, me ha dado por pensar en las "cosas raras de Amazon", y más concretamente en por qué unos libros se venden más que otros, siendo del mismo género y el mismo autor, más concretamente los míos (sí, no voy a meterme ya con los de los demás).
 
Para ilustrar mis peregrinaciones mentales, voy a hacer una cutriestadística:
Si "Olvida el pasado" vende pongamos 100 ejemplares, "Una fórmula para el amor" vende 40, "El príncipe zapatero" 10, y "El regreso y otros relatos, con muchísima suerte, 1.
 
Ya sé que los libros de relatos apenas se venden, lo cual es una pena, porque ahí hay historias que están entre mis favoritas y a las que considero mini-novelas, como "Amor Emplumado", o relatos realmente tiernos y especiales para mí como "El corazoncito de hielo", o aprovecho para explotar otros géneros como el terror o el humor...
 
En todo caso, no es ese el tema. La cuestión es la diferencia entre "Una fórmula para el amor" y "Olvida el pasado", siendo como son dos novelas románticas, de la misma autora (servidora), misma categoría (suspense y contemporánea), e incluso diría más, "Una fórmula..." es quizás mejor.
 
Por favor, que nadie piense que esto es un berrinche ni nada parecido. Las dos van más que bien, manteniéndose "Olvida el pasado" en el primer puesto desde hace meses y "Una fórmula para el amor" entre los diez primeros de sus categorías desde que salió hace un mes, e incluso lideró durante un día los libros en español, es solo que tengo un día de dudas existenciales (o el día tonto sin más).
 
Nota mental: espero que, como a Napoleón, no me llegue mi Waterloo después de mis 100 días...