viernes, 5 de agosto de 2016

EL SECRETARIO 3-10: EL QUE NO SE CONSUELA ES PORQUE NO QUIERE

—Y allí estaba, defendiendo a ese impresentable, y atacándome a mí. ¡A mí! ¿Te lo puedes creer? ¡Yo, que lo he dado todo por él, que hasta me planteé cambiar por él!
—Pero no lo hiciste…
Miré a Pascal, que se había plantado en mi sofá y, no sabía cómo, se había adueñado de mis pies desnudos y los masajeaba con apasionamiento enfermizo con la excusa de consolarme.
—Eso da igual, el caso es que me lo planteé. Y pensar que me ofreció algo similar al matrimonio. ¡Y yo me lo creí! Yo, que no creo en esas cosas… Perdió el culo para ir a trabajar con el primer literato repelente que se lo ha ofrecido. Debe de estar encantado de la vida, porque Moncho no trabaja ningún género ni nada que no sea literatura de la buena. Seguro que hasta su papel higiénico tiene citas de Julian Barnes escritas.
—Se te nota que no le guardas rencor y que lo has superado…
—Y tú te estás ganando salir de casa de una patada en tu trasero francés. Te recuerdo que eres el enemigo y que, ahora que lo pienso, no deberías estar aquí siquiera.
El rubio detuvo sus manos sobre mis delicados piececitos con temor y me miró con una de sus encantadoras, aunque peligrosas, sonrisas.
—Tienes razón en todo lo que dices. Mi primo es lo peor, llevo mucho tiempo diciéndotelo. Por cierto, ¿cuándo me traslado?

viernes, 29 de julio de 2016

EL SECRETARIO 3-9 (2): TRAIDOR SE ESCRIBE CON F DE FRANCÉS

Alain consiguió que le soltara. Entre mofas y cuchufletas, entendí que allí no tenía aliados, ni siquiera él, así que decidí largarme.
¿Cómo se atrevía a mirarme con esa cara de corderito inocente y traicionado? Si esperaba a que yo hiciera un amago siquiera de que le conocía de algo, iba listo. ¡Ja! Incluso ¡JA!
Recorrí con la lengua el filo de mis dientes, notando el sabor de su sangre. Hasta para eso estaba bueno, el condenado.
Me detuve junto al espejo del vestíbulo (en esa casa había espejos por todas partes, lo cual me daba a entender que Moncho era un presumido enamorado de sí mismo de tomo y lomo, como había creído siempre), y dediqué unos minutos a adecentarme. O a intentarlo, al menos. Desistí con el pelo a los dos segundos. De todas formas, aquella no era yo.
La rabia daba un brillo especial a mis ojos, estaba claro.
De modo que ahí había estado todo el tiempo.
Seguro que estaba encantado. Por fin un jefe perfecto, que escribía bien, que no era un autor de género menor, que tenía prestigio, que seguro que no le metía mano en cuanto se agachaba a recoger un lápiz… Debía de estar en la gloria, el muy mamón.
En el fondo, casi lo entendía. Conmigo sufría un suplicio diario, entre lecturas y correcciones. Pero al menos podía haberlo dicho. Hablando se entiende la gente… hasta yo.

Bien, ya no era necesario que dijera nada.

viernes, 22 de julio de 2016

EL SECRETARIO 3-9 (1): TRAIDOR SE ESCRIBE CON F DE FRANCÉS

No sé cómo me las apaño, porque yo soy una persona de lo más apacible, que odia la violencia y que prefiere contemplar a un gatito lavándose las patitas de terciopelo que liarse a leches, pero ahí estaba, dispuesta a arrancarle los ojos a ese relamido.
Se había metido con la literatura romántica. Que fuera un autor de prestigio y con premios no le daba derecho a aquello. Se había metido con mi estilo. ¡Se había metido con mi pelo! ¡Y yo ahora me peinaba todos los días!
¡Iba a convertir ese batín de seda en tiras para sujetar mis tomateras!
Estaba a punto de saltar con las garras en ristre, cuando sentí que alguien me sujetaba por detrás, aguándome la fiesta.
—Tranquila, petite, deja al Maestro.
Aquel olor, aquellas manos, aquel acento…
Me quedé quieta, con los pies colgando a dos palmos del suelo, más por la sorpresa que por otra cosa.
¡Alain! ¿Alain?
¡Y había dicho Maestro!
No sé cómo pude arreglármelas, pero de pronto mi objetivo fue otro. Me olvidé del engreído Moncho y dediqué toda mi atención al traidor que todavía me sostenía para evitar que le arrancara el corazón a su adorado nuevo jefe y me lo comiera para la cena.

Como una garrapata, me aferré a su cuello con toda mi alma y le clavé los dientes en el cuello.